Crónicas

La loca

Mi nombre es Aurelio Martínez Gómez, y estoy enamorado de Aurora Solís, la loca.

Le dicen loca porque no es capaz de mantenerse quieta, callada o concentrada solo en una cosa; siempre se ríe y se la pasa haciendo bromas o contando chistes, recoge flores en el campo o las arranca de jardines ajenos, se sube a las azoteas de las casas del pueblo a cantar, se come las hojas de los árboles, las verdes y también las secas, se trepa en la parte de atrás de las carretas de los campesinos, juega con los niños a las escondidas, a las traes, a los embrujados, y a la matatena, habla con los perros, con los gatos, con los gallos, con los gorriones, con las ardillas, con las ovejas, con los cerdos, con los caballos, con los burros y con las vacas, y usa faldas cortas, blusas sin manga que dejan al descubierto sus brazos y hombros, y algunas veces carga con un rebozo color morado. La gente aquí es muy retacada y reservada, pero a ella no le importa ser juzgada, extrovertida como es; una vez una anciana que había venido a que le arreglara una mecedora me contó que se había subido a la azotea de su casa sin pedirle permiso y que notó que bajo la falda no traía ropa interior, y la misma historia me contaron Antonia la tortillera que quería que le arreglara la mesa, Gloria la vendedora de flores que quería que le arreglara el librero, y Julio el recolector de moras que vino a pedirme prestada una pala; no dudo un ápice de lo que dicen, pero lamentablemente no he tenido la fortuna de comprobarlo yo mismo. A su hermana, madre y abuela ya las consideraban raras desde hace mucho por ser las que más retraídas están del pueblo (lo cual me parece muy irónico), pero es que ella está loca, loca de remate. Y yo estoy igual, por ella.

Aunque me ha saludado de vez en vez, siempre termina por hacer grilla con mis clientes, quizá para dejarme trabajar, o quizá porque no tengo forma de alimentar su curiosidad, pero aun con eso me esfuerzo en buscar su verdadera naturaleza, y por eso pienso que exigir su atención sería muy egoísta de mi parte, pero tampoco es como que todos quieran tenerla cerca por sus excentricidades, así que he preferido mantenerme al margen hasta ahora. Sé que el momento llegará.

Todos en el pueblo conocen su historia, la historia de las Solís, porque ella la pregona cada que tiene oportunidad, que siempre dan a luz a una sola hija, salvo por su madre, que dio a luz primero a su hermana Laura, y a ella después, y que siempre terminan encintas de forasteros que nadie conoce, que llegan y desaparecen así como llegaron, y por eso mantienen todas el mismo apellido, Solís, y solo ese, como si su apellido nada más estuviera allí para ratificar su estado natural.

Solo el padre de Aurora, el buen Pedro Márquez, gozó de buena fama en Peñasco del Cobre en su tiempo, porque su vigor y carisma fueron bien acogidos por todos desde que llegó, y llegó incluso a ser admirado en el pueblo por haber conquistado el corazón de la huraña y cascarrabias Mercedes tras tres años ininterrumpidos de cortejo, pero desapareció igualmente, igual que sus antecesores, y de la manera más extraña y ridícula posible: en una cacería de ornitorrincos en el río. Nadie supo si se ahogó, o si se habrá muerto envenenado por las garras de los ornitorrincos y el río se lo llevó, o si quedó atorada en los ramales de los árboles del río su inmensa melena rizada y se perdió entre tanto y abundante ramal, o si se lo comieron los árboles, porque se dice de los árboles de las afueras del pueblo que se comen a las personas y no dejan restos de nada, total que nadie sabe y nadie supo, que se esfumó, como es normal que se esfumen las flores de las jacarandas a mitad del mes de abril sin dar mayor aviso ni pedir permiso. Nunca una Solís estuvo más cerca de dejar de ser solamente Solís. Pero de eso nada sabe la loca Aurora, la bella Aurora, eso de su verdadero apellido solo lo sabe la gente del pueblo, y su hermana, su madre, su abuela y su bisabuela; un secreto a voces del que nadie quiere hablar por querer jugar a las escondidas con la nostalgia y el dolor.

Y siendo así, debo corregirme, y decir que estoy enamorado de Aurora Márquez Solís.
Aunque el registro civil las registró a las dos, a Aurora y a Laura como Márquez Solís, fue la madre de ellas, Mercedes, a reclamar, después de desaparecido aquel, que habría de dejarles solo el apellido segundo, y les quitaría el primero. Pero como a cualquier dependencia de gobierno se le tenía que desembolsar una suma fuerte de dinero para hacer esta clase de cosas por las buenas, Mercedes se ofreció, a falta de dinero, a hacerles de comer todos los días durante cuatro años, y a los del registro civil se les hizo bien el pago, pues las Solís tenían prestigio, aparte de raras, de ser excelentes cocineras. Uno nunca sabía qué comía con las Solís cuando se presentaba la extraña ocasión de llegar a probar su comida, pero se comía rico con ellas. Los rumores afirmaban que podían ser tlacuaches, tarántulas, cucarachas, ratas o gatos incluso, pero de tan rica la comida uno nunca preguntaba qué origen tenía.

Y he decidido que la voy a raptar, aunque no raptar en el mal sentido. Sí, nos escaparemos, juntos, los dos, a ver si ella quiere, y a ver a dónde nos vamos.
Pero Aurora está loca, y loca como está se quiere ir a la ciudad. Al tremendo caos de la ciudad de Páez Hidalgo. Y yo quiero llevármela conmigo a la ciudad o a la montaña o a la playa o que ella me lleve consigo a donde sea, qué más da, con tal de estar donde ella, con ella y en ella.

Aun cuando realmente no ha pasado nada que no haga pensar lo contrario, tengo la plena certeza que terminaremos juntos. Pasa conmigo que he soñado, durante siete noches seguidas, que nos escabullimos de Peñasco, y nos largamos, efectivamente, a la ciudad. Basta que sueñe con algo tres noches seguidas para que se cumpla. Me pasó a los 7, cuando soñé tres días seguidos que Pedro se perdía en el río. A los 16, cuando soñé tres veces que mis padres morirían asesinados por un sujeto llamado Marcos, del que tampoco se volvió a saber; y a los 23, cuando soñé tres noches que veía un ornitorrinco rosado, y a Aurora persiguiéndolo río arriba, sin que ella notara que la veía a una distancia algo decente. Fue la única vez que vi un ornitorrinco rosado. Pero por lo que he soñado ahora, diez años después de aquello, no será tampoco la última vez, pues estos sueños van esta vez de que el ornitorrinco rosado se escabullirá en mi taller y se esconderá entre las patas del bastidor que Rubén el pintor me traerá para arreglar; luego asiré y sostendré al extraño animal maravillado como si fuera la primera vez que lo viera, pues su color rosado será el rosa más intenso que haya visto nunca, color fucsia casi fosforescente, y Aurora entrará en el taller con una notable cara de sorpresa al ver que he logrado capturar a su presa. Luego empacaremos lo poco que nuestras manos pueden llevar y nos iremos.

Mi sueño termina ahí, pero no voy a dejar pasar una oportunidad así. Casi puedo ver en ese futuro que se aproxima que ella estará estupefacta en el portal, con una hermosa expresión de asombro que jamás habré visto hasta entonces, y que nadie más que yo conocerá. Se acercará lentamente, con una actitud tímida que nadie conocerá jamás, excepto yo, y preguntará si puedo verlo, que si puedo ver al ornitorrinco rosado. Le responderé que sí, que no solo puedo verlo, sino que lo estoy sosteniendo entre mis manos. Ella soltará una carcajada, la más sincera y contagiosa que le escucharé soltar jamás, igual a todas las que soltará conmigo desde ese momento en adelante. Le diré que la amo y que la he admirado por muchos años, que desde jóvenes hasta ese mismo momento no ha cambiado un ápice mi fascinación por ella.

La gente dice que estoy loca. No estás loca, es que eres un espíritu libre que necesita no apegarse a las normas, ni a tradiciones ni a costumbres. Me gusta el festival de las moras. Y te gusta cantar en los tejados. Me gusta hablar con los animales. Y yo quiero que me enseñes a hacerlo. Quiero dejar de estar loca. Y yo digo que así estás bien, que loca como estás te lleves tu locura contigo. ¿A la ciudad? Yo te llevaré a la ciudad, o a las montañas, o a la playa, pero no dejes de estar loca, porque estoy loco por ti. Le extenderé el ornitorrinco para que lo tome, pero ella me regalará una hermosa sonrisa y me dirá te lo puedes quedar, es tuyo de ahora en adelante, igual que yo. Pero es que yo no voy a ser tu dueño, solo quiero ser tu compañero, que me enseñes el sentido que hay en las locuras que haces, aunque sé que no hay sentido, que el sentido es ser tú y ser feliz, y verte me hace feliz, y que quiero verte feliz y me dejes ser feliz contigo. Tomará mi mano y me paseará por la casa, no sin antes tropezar con una que otra herramienta y dar con la sala, el comedor y el cuarto antes de dar con la cocina. ¿Alguna vez probaste el ornitorrinco que preparamos las Solís? No, pero si me dices cómo, quiero hacerlo yo mismo. Y después de preparar al ornitorrinco y comérnoslo entre los dos, ella preparará jugo de mentón de gallo con naranja y raíces de coliflor. Conozco el brebaje, porque se lo hace todos los días, y la gente le dice que por hacerse esas cosas es que está loca. Pero es que la gente cree que es mentón de gallo porque dice que estoy loca, pero quiero que me digas a qué te sabe. Y tomo el vaso sin dudarlo y lo pruebo, y sabe a hierba, menormente, a naranja, desde luego, y entonces reconozco un inconfundible sabor a fresa. Es que es fresa machacada. Vámonos ya, la gente no sabe cómo salir del pueblo. Yo tampoco. Ni yo, pero mi padre dice que por la nopalera se puede. Pero si es un barranco. ¿Qué? ¿Sabes quién es tu padre? Claro que lo sé. Pero me ha dicho que no le diga a nadie; los árboles que se comen a la gente, no se la comen, están huecos, consumidos por termitas, y son túneles y cuevas y dice mi padre que esas cuevas a uno lo llevan al lago que está después de la cascada de Peñasco, el lago ese que todos podemos ver desde aquí, pero al que nadie ha podido llegar porque está afuera del pueblo. ¿Las cuevas te llevan? ¿Hablan las cuevas? Sí, hablan y te dicen por dónde ir. Pero pensé que tu padre había desaparecido. Sí, pero puedo hablar con él. Desde el árbol que se come a la gente. Lo oigo que está dentro del árbol. ¿Lo sabe Laura? Él me ha dicho que sí, pero que Laura siempre le ha huido porque cree que se va a volver loca si le hace caso y se acerca al árbol. ¿Y qué es lo que ha hecho Laura tan a las afueras del pueblo? Pues cazar sus ornitorrincos rosados. ¿Ella también los caza? Los cazaba, antes de que naciera Mina. Desde entonces ya no vienen a ella, solo le viene la regla normal. Luego tendrás que explicarme bien eso. ¿Extrañarás a tu sobrina? Si, pero estará bien, es muy pequeña, quizá ya no se acuerde de mí. Es una niña encantadora. Ella tiene que quedarse aquí, por ahora; vámonos ya. Sí, pero quiero que hagamos una última cosa antes de irnos. ¿Qué? Que cantemos los dos en mi tejado. Suelta otra vez su hermosa carcajada y contesta está bien. Primero las damas, le digo, antes de subir. Y ella sube y yo tras de ella, pero ha notado mi cara de decepción. ¿Querías ver algo? Sí. Pero creo que tiene sentido que hoy sí… ¿Ese ornitorrinco se llama Andrés? Sí, y ese es el Andrés número 1232. Y cantamos la canción del ornitorrinco borracho mientras el sol se pone, y la gente me ve junto a ella, me gritan, te has vuelto loco, Aurelio, pero yo ya estaba loco desde el principio, pienso, sin dejar de cantar. Bajamos corriendo tras cantar y meto dos cambios de ropa en mi morral, y ella toma otro morral mío y lo llena de cosas suyas que sacó de no sé donde, y nos vamos a la nopalera. La gente nos sigue, nos grita que volvamos, pero de todos modos no quieren que estemos ahí en el pueblo si ya estamos locos. Cuando llegamos no hay nadie que haya mantenido el ritmo, y, con ciertas dudas, nos acercamos a uno de esos árboles que comen gente.

Antes de contar hasta tres, nos tomaremos de la mano.

Anuncios
Crónicas

El menor de los males.

Al momento que escribo y publico esto, ya tengo marcado mi pulgar con tinta indeleble y me encontré con las siguientes curiosidades en cumplimiento de mi deber como Ciudadano Responsable.

1. No había suficientes manos y los presidentes de casilla buscaban voluntarios para fungir como funcionarios.
2. Un hombre llevó a su hija a votar por la fuerza.
3. El mismo hombre intentaba adoctrinarnos.
4. La chica forzada a votar entraba a trabajar a las nueve y se metió en la fila por delante de mí (segundo en turno).
5. Le presté la pluma que traía a la chica porque le manifesté a su papá mi desconfianza por utilizar el lápiz que proporcionaba el INE para votar, nomás por convivir.
6. Un grupo de cholillos venían como representantes de cierto partido. Adivinen de cuál.
7. Empezamos a votar faltando 20 minutos para las nueve.
8. Nadie sabía dónde votar hasta quince minutos antes de lo anterior.
9. El funcionario voluntario me prestó su pluma para votar.
10. Me encontré yo primero en la lista nominal antes que el funcionario de casilla. Le dije cómo leer su lista y ya no alcancé a ver su reacción.
11. Seis boletas por tachar. Tiene que ser una maldita broma.
12. Está bien feo votar por el que crees que es el menor de los males.
13. El papá de la chica me regresó mi pluma metiendo solo su mano al cubículo en el que me hallaba emitiendo mi voto, no sin antes agradecerme.
14. Al sujeto ese ni le tocaba votar en esta sección.
15. Uno de mis sufragios quedó paradito y agité la caja para que quedara acostadito y no se viera. Ya mejor lo dejé así.
16. Qué coraje que el INE se gaste tanto dinero en desorganizarse de esta forma.
17. Que se jodan los partidos.
18. Para ser una fiesta de la democracia ojalá que dieran pasteles, galletitas y café.
19. Deja publico estas chorradas.
20. Foto del pulgar pa’l face.
21. Miren, todavía ni dan las diez y ya voté, barrí mi banqueta, tiré la basura, subí la tapa de la taza al orinar en el baño de la fondita de la señora que vende chilaquiles en su cochera, y voy a cambiar al país a fuerza de tuitazos.

Humor

Echa el chisme

―Hola ¿Cómo estás?

―Hola, muy bien. ¿Tú qué tal?

―Pues nada aquí, bien aburrida porque no hay mucho que hacer. ¿Qué me cuentas de nuevo?

―Pues no mucho, la verdad, nomás que hay cosas que me sacan un poco de quicio.

―A ver ¿Por qué? Echa el chisme.

―Bueno, fíjate que el otro día iba pasando cerca de mi casa y escuché que una señora le dijo a su hija que el hombre que estaba cruzando la calle unos 45 metros más adelante de ellas se había hecho un tatuaje en memoria de su gato Misifús, que alguna vez le perteneció a una señora rica que fue su amante y que lo abandonó por tener problemas de disfuncionalidad intelectual y fisiológica, y que como prueba de su buena voluntad y sincero aprecio le obsequió su gato, mismo que en un arranque de furia y despecho terminó cocido en un caldo para toda la gente que fue al tianguis el lunes pasado, vendido a tres pesos el plato de caldo para reponerse del golpe económico que recibió por el cortón, y que por eso la gente se enfermó, y él por sentirse culpable se tatuó al gato, y luego la hija le dijo que no era cierto, que el gato seguía vivo y que el caldo lo había hecho con los gorriones que el gato le había traído a su nuevo amo como prueba de su lealtad. Y entonces yo les dije: ay, ya cálmense, viejas argüenderas, ese sujeto de ahí es mi vecino, y el caldo que vendió era de pollo con nopales y verduras, y lo que le hizo daño a la gente fueron unas gelatinillas que pasó vendiendo un cholillo que tiene fama de hacerla con el agua que les sobra en la curtiduría donde trabaja, y que se me echan encima las dos mujeres y me tuve que subir corriendo al camión y apenitas me alcancé a quitar para que la más chica no me diera con su paraguas, que de todos modos el paraguas se le rompió por que se le atoró en una rejilla del drenaje de esas que van pegadas a la banqueta en el piso. Encima el camionero no traía cambio del billete de 50 con el que le pagué y me hizo esperarme cinco paradas más de donde me tenía que bajar para que ya me lo diera ¿Tú crees? Nah, de veras que desde ese día mejor no le hago al chisme, esas cosas son del diablo.

―Ay, sí, qué horror la gente chismosa. ¿Y cómo se llama tu vecino?

―Nah, me lo inventé nomás por llevarles la contraria, no le hablo a los vecinos y ni voy al tianguis.

 

Crónicas, Humor

Regla

Mi nombre es Guillermina Solís.

Pasaba una mañana por la vereda que está cerca del cerro de los naranjos, ese que está a un lado del río Cabo Verde, a unos cinco o seis kilómetros al sur de la ciudad de Sargento Páez Hidalgo, siendo eso de las 12:30 del día, con el sol inclemente en un cielo sin nubes y una humedad exagerada, con las cigarras cantando sus himnos de apareamiento y los gorriones y los grillos y el viento caliente y las ramas de los árboles y el sonido de los frutos al caer al piso todos replicando ese sonido que pensamos nosotros que es silencio, cuando a mi paso se cruzaron un par de ornitorrincos color rosado.

Sí, juro por mi madre, mi abuela, mi bisabuela, mi difunta tatarabuela, y mis difuntos padre, abuelo, bisabuelo y tatarabuelo que eran rosados. Los había visto de otros colores: cafés, verdes por la lama del río quizá, amarillos cuando acaban de nacer, cual polluelos con cola de castor, rojos al pelear entre ellos, azules cuando tragaban moras durante las tardes de invierno, las mismas moras que la gente desecha por esas fechas porque ya no están buenas para hacer las tartas para el día que se conmemora la cosecha anual de moras, naranjas, manzanas y aguacates, el tercer domingo de cada enero, y en casos más extremos los había llegado a ver morados cuando morían intoxicados por comer moras demasiado echadas a perder o por comer demasiadas moras o por asfixiarse con las semillas de las mismas moras, pero jamás, nunca en mi vida los había visto rosados.

Repentinamente sentí un pequeño espasmo, como entre dolor y cosquilleo, a la altura de mi vientre bajo, y llegó hasta mi entrepierna. Por un momento pensé que me habría otra vez ganado la incontinencia que tanto me aquejaba desde niña, porque dejé de mojar la cama hasta estar ya bien entrada en mis diez veranos, casi llegando a los once, y sentí entonces el impulso de volver a casa para que la abuela o la bisabuela me preparasen el remedio que me daban siempre que mojaba la cama, que consistía en leche de cabra, manzana y té de eucalipto, pero no me iba ir sin antes tratar de capturar a uno de esos alucinantes animales a medio camino entre quimeras y patos, y me arrojé al suelo para tratar de atrapar a uno de ellos, y me ensucié el vestido y los zapatos tratando de capturarlos a los dos, y estos ornitorricos eran más escurridizos y rápidos que otros ornitorrincos, pero no quería rendirme y no iba a regresar a casa sin uno de ellos, porque sino me tacharían de loca, como le había pasado a la tía Aurora, la única tía que he tenido nunca, que enloqueció por haber ingerido jugo de mentón de gallo con naranja y raíces de coliflor, y que fue a dar al barranco que está más allá del campo de la nopalera, sin que nadie diera con su rastro, porque la buscaron por días y días, y decían que se habría roto el cuello o se habría abierto el esternón o la cabeza por la caída, pero nunca encontraron nada de ella, y yo hasta ahora sigo pensando que el jugo de mentón de gallo con naranja y raíces de coliflor a uno le da la facultad de volar y ella se alzó al vuelo para dejar este pueblerucho lleno de gente envidiosa y cizañosa.

Y luché, luché con ellos, con los dos, hasta que se me ocurrió dejar de perseguirlos y probar puntería con una roca que era ligeramente más grande que mi puño, y se la arrojé al que más cerca tenía, y casi se alcanza a quitar, y de no ser porque la cola de estos raros animales es grande, quizá no lo cogía, pero la roca cayo justo encima de su cola y antes de que se alcanzara a quitar la piedra para emprender la huida, me dejé caer sobre él, y lo atrapé con mis brazos, pero poco sabía yo de estos animales, que no conformes con tener un cuerpo bastante difícil de asir, también tenían garras en sus palmeadas y ridículas patas, y me rasguño en ambos brazos, pero cogí otra vez la piedra y le di un fuerte golpe con ella en la cabeza para dejarlo inconsciente.

Solo hasta entonces noté que no tenia la entrepierna mojada y me sentí aliviada de saber que no iba a volver a mojar la cama nunca jamás y busqué también las huellas del otro ornitorrico rosado a ver si lo encontraba, pero se esfumó como se esfuma el humo en el aire.

Luego, llegué a casa y le dije a mi madre todas estas maravillas que me habían acontecido.
Y entonces ella, como si no le sorprendiese en absoluto el color del animal que llevaba en mis brazos rasguñados, me dijo: Vaya, por fin ya te ha venido la regla, ya eres toda una mujercita. Pon al ornitorrico en la olla que tengo hirviendo en la cocina, siéntate y déjame ir por tu abuela y por tu bisabuela, para que te demos nuestra bendición, pero primero lávate los brazos con el jabón de zanahoria que tengo alzado debajo del lavamanos, ese que usamos para quitarnos el lodo al cosechar moras.

Con que toda una mujercita, pensé. Miré tristemente hacia mi pecho y con profunda resignación pensé que yo tampoco tendría jamás el generoso busto que tuvo la tía Aurora, la única tía que he tenido nunca, la tía loca. ¿Pero qué cosa dijo que me había venido ya? ¿La regla? ¿Qué cosa era la regla? Sí, poco sabía yo de los ornitorrincos, sobre todo de los ornitorrincos rosados.

Crónicas

Odisea Reptiliana

Érase una vez un cocodrilo que nadaba alegremente (en realidad los cocodrilos no tienen expresiones, así que no podemos saber a ciencia cierta si estaba alegre) en el Océano Índico (los cocodrilos viven en los ríos ¿Qué no?) y mientras salía de caza, se zampó la bota que Santa Claus había dejado caer por ahí (era Nochebuena, y estaba oscuro), tras haberla confundido con un salmón.

Luego el cocodrilo fue a donde Maluma para ver si acaso él tenía un GPS para ayudar a localizar a nuestro barrigón, descuidado y afable amigo, solo para descubrir que aquel proyecto de artista no contaba con ninguno y que encima tomó inspiración del hecho y decidió componer sin echarle mucha cabeza la canción que lastimeramente conocemos gracias al mal gusto y la misoginia.

El cocodrilo, que se cargaba encima un apetito voraz e irrefrenable, tuvo que aguantar hasta llevarle su mentada bota a choncho clós, que no daba señales de estar cerca.

Y nadó, nadó y nadó, y nadó y nadó y nadó, nadó tanto que hasta Phelps le hubiera tenido envidia. Nadó hasta el polo norte. Nadó y se encontró con que el polo norte estaba lleno de rusos, finlandeses, daneses, noruegos, islandeses y canadienses que jugaban al hockey sin indumentaria alguna encima. Jugaban por selecciones de países, todos contra todos. La única forma de ganar era asestar el disco contra las partes pudendas de al menos un miembro del equipo contrario.

El cocodrilo pensó que ese juego debía ser doloroso hasta de ver, por lo que estuvo a punto de continuar con su rumbo, hasta que vio que el juego estaba siendo arbitrado (un arbitraje innecesario, si me preguntan) por nada más y nada menos que nuestro rechoncho amigo.

Entonces el cocodrilo fue y le quiso hacer entrega de la bota al anciano, que supervisaba el juego descalzo, pero con su característico y ornamental traje rojo.
Mas este le dijo: no, mi estimado anfibio amigo, esa bota no me pertenece a mí, sino a ti, es tu regalo de este año. ¡Feliz Navidad! JO JO JO JO JÓ

Sintiendo como el coraje bullía dentro de sí, se prendió con fuerza de la mórbida entrepierna de nuestro obeso monigote, que tardó un tiempo considerable en sacárselo de encima.

Desde entonces, es normal ver en su trineo a Santa Claus con un calzón metálico para no verse desprevenido, y también a nuestro audaz reptil formando parte de la sala como una alfombra.

Moraleja:
No por mucho dar regalos, te salvas de una mordida en los huevos.